Patrimonio Mundial

 

Sant Josep de sa Talaia es uno de los municipios más interesantes donde conocer el patrimonio natural y cultural con el que cuenta la isla de Ibiza. Esto es gracias a lugares tan singulares como Sa Caleta o plantas tan importantes para el ecosistema marino como la posidonia oceánica, que predomina en el paisaje de las costas ibicencas. Estos son algunos de los tesoros ibicencos que, junto a otros, fueron declarados Patrimonio Mundial por la UNESCO bajo el título de “Ibiza, biodiversidad y cultura” en el año 1999.

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La posidonia oceánica

El Mar Mediterráneo está repleto de especies de incalculable valor ecológico y de entre toda esta riqueza, en las costas pitiusas destaca las enormes praderas de posidonia oceánica que se despliegan por todo el territorio submarino de las dos islas. Puede que a simple vista parezca otra planta más de entre todas las que podemos encontrar, pero constituye una parte esencial del ecosistema marino del Mediterráneo, pues gracias a su existencia es posible la vida de muchos otros seres vivos.

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Una de las primeras cosas que debe saberse acerca de la posidonia oceánica es que no es una simple alga como muchos piensan, ya que cuenta con raíces, tallo y hojas, florecen en otoño y dan fruto en primavera y realizan la función de la fotosíntesis, características que hacen que sea clasificada como planta subacuática. Además, gracias al proceso de fotosíntesis, el mar se oxigena continuamente, ofreciendo un agua más limpia y un medio ideal para que puedan vivir muchísimas especies. Diríamos que esta planta ejerce la misma función que la de un bosque tropical, ya que es el hábitat de una gran biodiversidad y el pulmón que da oxígeno a esta fauna y flora, convirtiéndose así en un ecosistema complejo, además de ser un bioindicador perfecto para conocer el estado de las aguas.

No obstante, su importancia no solo se percibe bajo el agua, sino que la posidonia oceánica también influye a la hora de constituirse el paisaje costero. Sin esta planta no sería posible la belleza de las playas de las Pitiusas. La posidonia suele crecer cerca de la costa en fondos arenosos poco profundos, esto ayuda a depurar los sedimentos del agua y a fijar el fondo marino, es decir, ofrece el mismo efecto protector que realizaría un arrecife de coral. Una vez que las hojas de esta planta se marchitan, el oleaje las deposita en la orilla de la playa, hecho que evita la erosión del mar sobre la costa y permite que se desarrollen los demás ecosistemas próximos, como es el caso del ecosistema dunar o del bosque litoral de pinos y sabinas. Por tanto, podríamos decir que la posidonia oceánica es la base de la cual parten los demás ecosistemas del litoral pitiuso, la protectora y depuradora que permite que podamos disfrutar de las maravillosas playas con las que cuentan Eivissa y Formentera.

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Antiguamente, los habitantes de la isla no eran conocedores de todas estas virtudes de las que presume esta planta marina, hoy en día de vital importancia para conservar los valores naturales del Mediterráneo, pero sí sabían que era un recurso natural de gran utilidad, que antaño servía como aislante de los tejados de las casas típicas de las islas y también como abono natural para los campos. Sin duda, una especie marina con multitud de funciones y utilidades.

La posidonia oceánica predomina en todo el Mediterráneo, pero en la zona de Eivissa y Formentera es probablemente la mayor protagonista del mar. Sin ella no se podría concebir el paisaje de las islas tal y como es. Su importancia es tal que en el año 1999 la UNESCO la declaró Patrimonio Mundial, siendo el primer bien natural del Mediterráneo que recibe este distintivo que reconoce su belleza y singularidad. La declaración de Ses Salines de Eivissa y Formentera como Parque Natural, en 2001, también supuso un importante paso para su conservación, pues más de 13.000 hectáreas de fondos marinos donde predomina la posidonia oceánica fueron también incluidos dentro de esta protección. Un dato curioso es que dentro de este perímetro, en 2006 se descubrió uno de los ejemplares más importantes de esta especie, con más de 8 kilómetros de longitud y 100.000 años de antigüedad.

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En definitiva, la posidonia oceánica es esencial para comprender el medio marino pitiuso, ya que de ella parte toda la vida que podemos observar en estas costas y sin ella no sería posible disfrutar de las maravillosas playas mediterráneas ni de sus aguas transparentes. Por ello, hoy en día la conservación de esta especie que tanto nos fascina es vital para mantener este paisaje tal y como lo conocemos en la actualidad.

Poblado Fenicio de Sa Caleta

Uno de los enclaves más interesantes para conocer la historia de la isla es el poblado fenicio de Sa Caleta. Se trata de un yacimiento arqueológico que data del siglo VIII a.C. y su importancia se debe a que es el primer asentamiento púnico que encontramos en la isla de Eivissa, por tanto, nos ofrece información vital para conocer mejor cómo vivían los primeros pobladores.

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Este asentamiento se encuentra ubicado en el sudoeste de la isla, en el municipio de Sant Josep, entre Es Codolar y Platja des Jondal. El lugar en concreto es una pequeña península que recibe el nombre de Mola de Sa Caleta, un lugar ideal para fundar el poblado, ya que cuenta con unas vistas idóneas hacia el mar para poder estar atentos a posibles incursiones. Además, también dispone de una pequeña cala resguardada de los vientos que utilizaban como puerto.

El yacimiento está subdividido en varias zonas conocidas como barrios. En concreto encontramos el barrio noroeste, el barrio central y el barrio portuario, que en la actualidad no se pueden apreciar debidamente a causa de la erosión a lo largo de los años. Pese a ello, el barrio sur sí que nos permite conocer de cerca cómo se organizó el asentamiento, pues es el único que se ha podido conservar adecuadamente y el que ha permitido realizar investigaciones arqueológicas que han ofrecido datos muy reveladores sobre estos pobladores.

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Parece ser que en sus inicios, el asentamiento fue repartiendo las edificaciones de forma desordenada, pero a medida que la población fue creciendo, se comenzó a construir de una forma más planificada con casas más recogidas. El conjunto fue evolucionando a partir de la yuxtaposición de estancias, con calles que permitían el paso por en medio. En algunos rincones se conformaban pequeñas plazas que constituían las zonas comunes. En el yacimiento hallamos casas que llegan a contar con hasta siete habitaciones, todas ellas construidas a base de muros de mampostería de piedra pequeña y mediana con tejados de madera de pino y arcilla que lo impermeabilizaban.

En la zona también se encuentran dos hornos de planta circular de 2 metros de diámetro que servían para la fundición de la galena argentífera, metal predominante en la zona. Gracias a esto deducimos que esta actividad era una de sus principales fuentes económicas, pero a partir de los restos encontrados, también se supone que la ganadería, la agricultura, la explotación salinera y la pesca eran también actividades muy importantes en este asentamiento. Gracias a la privilegiada ubicación y a las actividades que aquí se desarrollaron, se puede decir que este era un punto clave de comercio marítimo con la península ibérica, pues servía como escala en las travesías de muchos comerciantes.

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Se estima que en su momento de máxima plenitud se alcanzó la cifra de 500 habitantes, cifra comparable a asentamientos de las mismas características situados en el sur de la península. Aunque el crecimiento de la urbe era próspero, la estancia era de carácter temporal, ya que alrededor del año 600 a.C. fue completamente abandonado de manera pacífica según los datos arqueológicos obtenidos. Es posible que sus habitantes emigraran hacia lo que en un futuro se convertiría en la actual ciudad de Ibiza, aunque no se puede saber a ciencia cierta.

Por todo ello, Sa Caleta es un rincón único del municipio de Sant Josep, donde conocerás más de cerca los primeros pasos de los pobladores en la isla, una pieza clave del mosaico cultural que conforma la historia de Ibiza y del Mediterráneo. Esto también conllevó a que fuera declarado Patrimonio Mundial en 1999, junto a otros yacimientos tan importantes como la necrópolis de Puig des Molins y Dalt Vila, reconocido mundialmente como “Ibiza, biodiversidad y cultura”.